Del Mictlán al altar: memoria y muerte
On 30 octubre, 2025 by Ana Rosa Del Río Galván«Para el habitante de Nueva York, París, o Londres, la muerte es la palabra que jamás se pronuncia porque quema los labios. El mexicano en cambio, la frecuenta, la burla, la acaricia, duerme con ella, la festeja, es uno de sus juguetes favoritos y su amor más permanente.»
-Octavio Paz
La celebración mexicana del Día de Muertos constituye una construcción socio cultural que integra cosmogonías prehispánicas, originadas en la figura del «Mictlán» (lugar de los muertos), con prácticas católicas de Todos Santos y Fieles Difuntos. En regiones como la Huasteca Veracruzana, esta festividad es conocida como “Xantolo” o “Tlamanalistli”, y su perpetuación, lejos de ser un rito estático, refleja una cosmovisión dinámica en la que la muerte es concebida como una etapa más de la vida (Caso, 1953; López Austin, 1960).
Tradición y renovación: cómo el Día de Muertos une pasado y presente
La festividad del Día de Muertos, actualmente reconocida como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la Unesco, tiene sus raíces en los rituales de diversas culturas mesoamericanas, como la Totonaca, la Mexica, la Purépecha y la Maya (Brandes, 2014; Cruz Cruz, 2019).
En la identidad prehispánica, la muerte no representaba un fin, sino el inicio de un viaje hacia el Mictlán, el lugar eterno de reposo de los difuntos. Estas culturas celebraban diversas festividades a lo largo del año para honrar a los fallecidos y acompañar su tránsito al inframundo: Miccailhuitontli, el pequeño festival de los muertos; Huey Miccailhuitl, la gran fiesta de los difuntos; los ritos del tránsito al Mictlán; los días dedicados a los muertos en la Huasteca y Mixteca; el Wayeb’, o ritos de purificación mayas, etc. (Olivier, 1997; Johansson, 1994; Castro Cruz, 2019
Antes de la influencia católica, estos rituales se marcaban dentro del calendario mexica según el ciclo anual mesoamericano, no obstante, a inicios del período novohispano, con la llegada de los evangelizadores españoles, el ritual se transformó para coincidir con el calendario litúrgico católico: Todos Santos: 1 de noviembre y Día de Difuntos: 2 de noviembre. La conmemoración de Todos Santos fue establecida en Roma por el Papa Gregorio III en el siglo VIII, mientras que la festividad de los fieles difuntos fue instituida posteriormente por Odilón, abad de Cluny (Brandes, 2014).
El término Xantolo (náhuatl), la fiesta de todos los difuntos, se consolidó en la región huasteca, donde las culturas nahua y totonaca mezclaron las antiguas tradiciones mesoamericanas y las festividades católicas de Todos los Santos y Fieles Difuntos. Hoy, el Xantolo es mucho más que una fiesta: es una expresión viva de identidad y memoria, en la que las comunidades honran a sus muertos con altares, música, danzas y comida tradicional (Castro Cruz, 2019; Brandes, 2014; Cruz Reyes, 2015).
La festividad que hoy nombramos “Día de muertos”se ha tornado como un medio para gozar de la vida con mayor expansión; así como para perpetuar los lazos con aquellos amados que han fallecido (Brandes, 2014). Su celebración se ha extendido por todo México, así como hacia otros países con presencia mexicana, como Estados Unidos, Guatemala, Perú y España.
El rito implica la bienvenida y despedida de las ánimas, la colocación del altar con alimentos y bebidas, y la ornamentación de las tumbas (Medina Hernández, 2012).
Entre los elementos esenciales de la ofrenda se encuentran:
- Incienso: para limpiar el espacio de malos espíritus y purificar el camino de las ánimas.
- Sal: símbolo de pureza que protege a las almas y brinda buen augurio.
- Agua: calma la sed del difunto y facilita su retorno.
- Papel picado: representa el aire; los fragmentos morados simbolizan el duelo.
Este momento se traduce como una plataforma divina para honrar y dar vida, forma y sustancia a quienes se han perdido. Por ello, el uso contemporáneo del altar, contempla la añadidura de objetos, alimentos, prendas e incluso música que disfrutaban en vida las difuntas y los difuntos homenajeados.
Mictlán: el lugar de la eternidad y la ruta al origen
El viaje del alma y el respeto a los difuntos constituyen la base de las festividades actuales del Día de Muertos.
En la cosmovisión mexica, el destino del alma después de la muerte era diverso y dependía de la causa del fallecimiento. El Mictlán (náhuatl) significa «región de los muertos» o «lugar sin orificio para el humo», era el destino de quienes fallecían por causas naturales o enfermedades comunes, sin distinción de rango social (Caso, 1953; López Austin, 1960; Johansson, 1994). Otros destinos incluían el Tlalocan (muertos por agua o accidentes), el Cielo del Sol (guerreros caídos en combate) y espacios especiales para mujeres que morían en parto o jóvenes vírgenes, así como otros lugares vinculados a deidades específicas. Los mexicas concebían la vida terrenal como efímera y la muerte como una etapa más del ciclo vital (León-Portilla, 1963; López Austin, 1960).
El trayecto al Mictlán duraba cuatro años y comprendía nueve niveles subterráneos, los cuales simbolizan los nueve meses de gestación y representan un retorno a la matriz de la Tierra(López Austin, 1960; Johansson, 1994). El objetivo del viaje no era el castigo, sino el reciclaje de la fuerza vital y la liberación del teyolia (principio vital y racional ubicado en el corazón) de sus adherencias mundanas (León-Portilla, 1963).
Aunque la interpretación española lo equiparó con el infierno cristiano, existen notables diferencias entre ambos. El Mictlán era el destino de los muertos por causas naturales, concebido como un tránsito inevitable dentro del ciclo de la vida, sin implicaciones morales, a diferencia del Infierno católico, que se entiende como un castigo eterno para los pecadores (López Austin, 1960; León-Portilla, 1963; Caso, 1953; Brandes, 2014). Mientras el Infierno separa completamente a los vivos de los muertos, el Mictlán mantenía un vínculo simbólico con los vivos, quienes realizaban ofrendas y rituales para acompañar a los difuntos en su tránsito.
Función y legado de la tradición
Aunque la muerte es un fenómeno universal, la identidad cultural genera un abanico de interpretaciones sobre ella. Para algunas culturas, como la mexicana, la muerte no se entiende únicamente como el fin de la vida biológica o el cese irreversible de las funciones vitales, sino como un concepto cotidiano, social, filosófico, espiritual… Las tradiciones juegan un papel esencial en este entendimiento, pues son parte sustancial del tejido social y contribuyen a la formación de la identidad, ofreciendo una visión colectiva y enriquecedora de la vida y de la muerte.
Mantener viva la tradición del Día de Muertos va más allá de la decoración y la gastronomía; estas prácticas buscan proteger la memoria colectiva y reafirmar los lazos comunitarios. El legado de estas tradiciones trasciende lo ceremonial, es recordatorio de que la muerte tiene otras dimensiones de interpretación que no son absolutas, como la reflexión sobre la vida, la memoria y la relación con los antepasados. A través de estas prácticas, las comunidades integran lo ancestral y lo contemporáneo, conservando su identidad cultural frente a lo disruptivo de la contemporaneidad, fortaleciendo la cohesión social y promoviendo una identidad colectiva rica, diversa y resiliente. Lejos de ser meros rituales, estas celebraciones funcionan como puentes que conectan pasado, presente y futuro, y ventanas abiertas hacia la comprensión más profunda de lo que significa ser humano.



