REFUGIOS ANTICICLÓNICOS MAYAS:  DESCUBRIMIENTO ARQUEOLÓGICO EN LA FRONTERA CON GUATEMALA

REFUGIOS ANTICICLÓNICOS MAYAS: DESCUBRIMIENTO ARQUEOLÓGICO EN LA FRONTERA CON GUATEMALA

autor     

Por Fernando Cortés De Brasdefer

 

Como en todas las profesiones, uno tiene infinidad de preguntas  respecto a los temas concernientes a su especialidad. Para un arqueólogo la gama de incógnitas es superior, pues su materia de trabajo  deviene de las culturas extintas, y las únicas herramientas con que cuenta son  las evidencias materiales y  su entorno tangible e intangible. Desafortunadamente no se dispone de  seres humanos vivos de que pertenezcan a esa época. Este preámbulo viene a colación porque, como investigador social, la gente me hace una serie de preguntas relacionadas con las culturas del pasado. Algunas no tienen respuesta. A cerca de  los mayas, las siguientes se presentan con mayor frecuencia: ¿en qué dormían?, ¿tenían hamacas?, ¿contaban con lugares especiales para hacer sus necesidades fisiológicas?, ¿cómo llegaban a otras ciudades?, ¿cómo y con qué se curaban?, etcétera.

De la misma manera los arqueólogos también nos enfrentamos a innumerables de cuestionamientos. A veces algunas de las respuestas quedan en espera por años o simplemente en el aire. Por ejemplo, yo mismo me he hecho las preguntas anteriores y otras más. Una de ellas es: ¿cómo se protegían los mayas de los huracanes? Después de más de tres décadas se logró responder a la pregunta. Ésta es la fascinante aventura de la que hablaremos en esta ocasión.

La palabra “huracán” parece proceder del Caribe. Los mayas actuales le llaman Chakik’alhaa’, que quiere decir “tempestad o tormenta de agua y viento”. Las primeras referencias que se tiene se consignan en el Popol Vuh, y en crónicas del siglo xvi. Sobre tales textos surgen dudas en cuanto a la interpretación “un mal tiempo” en ellas. Hay quienes afirman que aquello se trata de un huracán –versión que yo no comparto–, específicamente me refiero a los textos que hablan del naufragio de Gonzalo Guerrero y Gerónimo de Aguilar, quienes, acompañados por un nutrido grupo de castellanos, partieron de Darién (Panamá) hacia la Isla Fernandina (Cuba) en 1511. En el trayecto fueron sorprendidos por una fuerte tormenta que los hizo naufragar hacia la península de Yucatán, en las costas de Quintana Roo.

Existen registros de los huracanes que han devastado varias poblaciones en el mundo, especialmente en el Mar Caribe, y de manera puntual, en Quintana Roo. En este contexto, Chetumal es una de las ciudades más golpeadas por ese tipo de meteoros. Varias veces ha sido destruida y otras tantas vuelta a reconstruir.

Desde tiempo atrás me preguntaba cómo la pasaban los mayas durante los huracanes. Los meteoros recientes que han azotado a Quintana Roo ponen en evidencia sus impresionantes efectos destructores, sobre todo en la población maya rural, donde las casas y las personas han resultado severamente afectadas. Eso incluye gente aplastada por los árboles, arrojada intempestivamente por los vientos e incluso decapitados por las láminas de zinc.

En la época prehispánica los mayas que vivían cerca de cuevas o cenotes podían ocultarse en ellos; pero no todos los asentamientos tenían la suerte de contar con estas formaciones. Además, la península de Yucatán era un extenso territorio con varios cientos de miles de habitantes durante el Período Clásico. Por lo tanto esos lugares no alcanzaban para proteger a toda la gente. Algunos mayas, tanto de los pueblos como de las ciudades, tenían la fortuna de contar con habitaciones de piedra para protegerse; sin embargo éstas regularmente pertenecían a una élite. Por lo tanto la mayoría de las personas –que vivían en casas de materiales perecederos[1]– quedaban a la intemperie sufriendo los estragos de los meteoros.

Recientemente el Instituto Nacional de Antropología e Historia (inah) realizó trabajos arqueológicos entre el poblado de Caobas y el de Arroyo Negro, debido a la ampliación y modernización de una carretera que, según las versiones del Centro sct Quintana Roo, del Gobierno del Estado, y de la administración del municipio de Othon P. Blanco, conectará a México con Guatemala. Durante los recorridos de superficie fueron localizados varios sitios arqueológicos, en su mayoría de carácter rural, así como también otros dotados de arquitectura monumental. En el trayecto del tramo que une a los poblados de Frontera y Civalito –ambos en el estado de Quintana Roo–, área territorial conocida ahora como Zona Limítrofe, se encontraron varias unidades habitacionales de la época prehispánica, las casas generalmente fueron construidas sobre una o más plataformas. Los cuartos, además de ser de mampostería, están dispuestos de tal manera que forman plazas o permanecen aislados pero sin dejar de pertenecer a algún conjunto habitacional. Lo interesante es que cerca de estas unidades habitacionales se descubrieron en el sascab[2] varios escondites excavados bajo la tierra.

Algunos de los subterráneos estaban completamente vacíos, otros en cambio se encontraban ocupados. Es una regla que el acceso esté cubierto por una piedra cuadrada, rectangular o redondeada; es decir siempre tallada, pues se trata de la tapa que cubre un tiro[3], que es el acceso principal. Desde este punto se ingresa al subterráneo, éste consiste en una cámara de planta cuadrada o rectangular. Cuando entré en él en plena obscuridad, las paredes y el techo estaban totalmente cubiertos de una capa de sales blancas, incluso en algunas secciones se habían empezado a formar estalactitas. Al encender la luz de la linterna se acentuó el brillo mineralizado de las paredes y del techo, con lo que  la cámara adquirió un aspecto claro, contrastante con la tierra negra del piso. Del techo colgaba una multitud de largos y delgados hilos cafés, que en realidad eran raíces que se enredaban en la cara a nuestro paso. En el piso, entre la tierra blanquecina, había unos insectos parecidos a las garrapatas que, según versiones de los pobladores, causan altas temperaturas cuya duración se puede extender hasta por dos meses e incluso llegan a producir la muerte.

Cuando entré por primera vez me di cuenta que el silencio se había quedado atrapado ahí dentro, igual que el tiempo. Mil cuatrocientos años habían quedado encerrados hasta que mi presencia irrumpió intempestivamente. Mis únicos amigos en el interior de la cámara eran el silencio y el tiempo, a ambos los desperté de su milenario sueño. Las paredes y el techo todavía guardaban las huellas de las herramientas con las que los mayas habían excavado el subterráneo, en cada hendidura sentía la presencia de la fuerza que las produjo, parecía como si sus constructores estuvieran ahí observándome, las miradas tenían su réplica cuando yo veía mi rededor. Acostumbrado a ver el entorno propio, ahora me encontraba en el centro, como si el estudiado fuera yo por esas cuatro paredes.

Cuando ascendí a la realidad logré entender que el lugar se trataba de un escondite. Estando en la superficie no podía verse porque la entrada se encontraba cubierta por una piedra, y ésta a su vez fue tapada con tierra negra.

Durante la época de huracanes la gente ingresaba en los subterráneos, igual lo hacía durante las invasiones de grupos bélicos que atacaban a la población. Algunos de ellos se empleaban como tumbas primarias o secundarias; es decir, cuando alguien moría lo enterraban ahí acompañado de sus ofrendas. En otras ocasiones extraían los restos de otras tumbas y solían introducir los huesos desarticulados en el interior.

En caso de haber alguna contingencia huracanada u otro tipo de meteoro fuera de lo común las familias podían entrar en los escondites, acomodaban la tapa de piedra en la boca del tiro, –previamente arreglada la superficie para que el agua no se introdujera–. Seguramente los habitantes de la casa llevaban consigo lo más indispensable como agua y alimentos.

La protección de la entrada se pudo comprobar durante las exploraciones arqueológicas. Ingresamos varias personas a uno de los subterráneos y después lo cubrimos con la tapa y con tierra. La lluvia pasó inadvertida sin inundar el interior. El hallazgo futuro de más subterráneos servirá de base para elaborar mejores interpretaciones de la vida cotidiana de esa extraordinaria cultura.

 

 


[1] Igual que ahora, pues viven en casas de madera rolliza y techos de palma de guano.

[2] Capa estratigráfica de color blanco localizada bajo el suelo, específicamente bajo las capas oscuras de tierra, al nivel de las rocas o  bajo éstas.

[3] Conducto vertical estrecho que servía para entrar a la cámara.

 

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