INTERNET: NUEVAS LECTURAS, NUEVAS ESCRITURAS

INTERNET: NUEVAS LECTURAS, NUEVAS ESCRITURAS

autor

Por: Avril Nuche Bricaire

 

 

Bien entrados en la segunda década del siglo XXI la Internet es un fenómeno social que ha permeado en casi todos los aspectos de la humanidad. En este siglo, las redes sociales han sido medios de comunicación e interacción tan real y efectiva que han logrado tirar dictaduras y logrado cambiar el curso de los procesos electorales en varios países, incluyendo el nuestro. La información en nuestra época fluye a raudales con tanta velocidad que tal vez ni siquiera seamos capaces de seguirla por completo. Todas estas nuevas formas de interacción y comunicación no solamente han permeado en lo político, lo social o lo científico, sino que también han llegado a invadir nuestros procesos psicológicos y cognitivos, logrando cambiar nuestro concepto de distancia, presencia, ausencia, y por supuesto, nuestro concepto del tiempo. Nuestro cerebro se adapta rápidamente a los cambios, esa es su función principal, ayudarnos a sobrevivir a los cambios del medio ambiente. En este contexto, el cerebro de las personas que utilizan todas estas nuevas formas de comunicación, han tenido que adaptar sobretodo, sus procesos de lectura y escritura a las nuevas exigencias del medio virtual. Las redes sociales, las plataformas de mensajería instantánea, el correo electrónico y los blogs han hecho que el lenguaje escrito se convierta en un sistema de comunicación mucho más vivo, informal y cotidiano, desembarazándolo de la formalidad y dejándolo a expensas de las necesidades inmediatas de comunicación de los hablantes. Las nuevas formas de escritura -y lectura- que se están generando a partir de la necesidad de una comunicación escrita mucho más rápida y asertiva, nos hacen poner atención sobre la manera en la que nuestro cerebro se adapta para leer y escribir.

 

¿Cómo lee nuestro cerebro? El modelo de la ruta dual y los sistemas ortográficos.

El lenguaje oral es una cualidad innata que existe en el ser humano hace por lo menos unos 40,000 años. Sabemos que basta con exponer a un niño a una comunidad lingüística para que éste aprenda las reglas de la lengua en la que está inmerso, a diferencia de la lectura y la escritura, que son de los procesos más jóvenes que el ser humano ha desarrollado. Los primeros alfabetos que se conocen datan de hace 3000 años y a la fecha definitivamente no podemos decir que este sea un proceso común a todas las culturas y sociedades. Es por esto que nuestro cerebro aún no cuenta con una zona específica y especializada sólo para la lectura, como la tenemos para la vista o el lenguaje oral. La forma en cómo el cerebro se organiza para leer y escribir requiere de muchas estructuras que originalmente se dedican a otra cosa, y que “prestan su servicio” al proceso de la lectura. Como bien nos dice el Dr. Josep Artigas, de la universidad de Barcelona, “el cerebro humano es lingüístico, pero no es literario”. Por esto es importante tener en cuenta que el cerebro de un joven o adolescente que tenía contacto con las “letras” hace 3000 años no era distinto cualitativamente del que tienen nuestros niños en el colegio. “La pretensión de que todos los individuos deberían ser igualmente hábiles para el aprendizaje de la lectura, tiene el mismo significado que pensar que toda la humanidad actual debería estar bien dotada para la informática o para jugar al golf.” Es por esto que cuando hablamos de la lectura, hablamos de un proceso cognitivo que está en constante cambio y evolución, que se relaciona y depende en gran parte del sistema ortográfico que se quiere decodificar.
Los sistemas ortográficos se pueden entender como un continuo, desde los no alfabéticos conocidos como opacos, hasta los más transparentes, en donde cada grafía corresponde a un sonido de la palabra (fonema), de forma que las palabras pueden pronunciarse perfectamente aunque no se conozca la lengua. Estos sistemas son tan distintos que nuestro cerebro no puede leerlos de la misma forma.
El mejor ejemplo de los sistemas opacos es el del chino, que utiliza grafías o caracteres no alfabéticos compuestos de “pinceladas” que son escritas juntas para representar una palabra. Estos sistemas de escritura también se conocen como ideográficos y se leen a partir de la llamada ruta léxica para la lectura. Esta ruta nos permite acceder al significado directamente desde la grafía, por medio de la asociación directa de la forma escrita o visual con el significado de la palabra, sin pasar por la representación fonológica, es decir, por la palabra. Para los que no dominamos el chino, lo más cercano es tal vez, cuando leemos las señales de tránsito, o los logotipos de marcas ya muy bien conocidas e instaladas en nuestra memoria. Sin embargo, al parecer las grafías del chino sí contienen algo de información sobre la pronunciación de las palabras, aunque según los lectores de esta lengua, es imposible conocer que componente dentro de una grafía nos da la información fonética y cual nos da información sobre el significado. Para leer un caracter correctamente, el lector debe conocer la pronunciación de éste como un todo, es decir, se la debe saber “de memoria”. En otras palabras, leer en chino es siempre ir directo de la grafía al significado sin poder dividir en sonidos o en sílabas una palabra. Es por esto que el cerebro de una persona que se considere alfabetizada en esta lengua tiene que poder recordar, por lo menos, unos 3000 de los aproximadamente 40,000 caracteres que existen.
La segunda ruta que los psicólogos cognitivos han explicado es la ruta fonológica, o fonémica, que como su nombre lo indica nos permite hacer una correspondencia inmediata entre cada signo o letra (grafema) y cada sonido de la lengua (fonema). Esta ruta se puede entender desde el extremo contrario a la léxica, porque más que memorizar, debemos identificar cada grafema y poder hacer la asociación directa con cada fonema que le corresponda, además de utilizar toda nuestra atención y nuestra capacidad para mantener en nuestra memoria de trabajo (que es como la memoria temporal o la memoria RAM de las computadoras) la información de toda las letras y palabras leídas, hasta conformar frases y oraciones que nos vayan haciendo sentido conforme las vamos descifrando.
Los sistemas que utilizan esta ruta son todos los que poseen un alfabeto. Aunque pocos han logrado obtener una correspondencia transparente con su lengua oral, debido a que como bien decía el padre de la lingüística contemporánea, Ferdinand de Saussure: “la lengua evoluciona sin cesar, mientras que la escritura tiende a quedar inmutable”. Esto quiere decir que a lo largo de la historia, los hablantes no han podido modificar los sistemas de escritura tan velozmente como se van modificando sus propias lenguas orales. Casi todas las lenguas europeas tienen correspondencias irregulares entre los grafemas y los fonemas que intentan representar. O mejor dicho, la forma en la que escriben las palabras ha cambiado muy poco desde hace varios siglos. Es por esto que sus lectores tienen que utilizar ambas rutas para poder leer y escribir su lengua, por lo que además de reconocer los fonemas tienen que aprender de memoria la manera en la que deben escribir las palabras, como en el inglés o el francés, por ejemplo. Existen algunos sistemas alfabéticos que se han intentado regularizar con la lengua oral, como el Hindi o Devanagiri (lengua de origen hindú), el alemán, el holandés, el italiano y el español. Pese a que ninguna de estas lenguas es completamente regular (puesto que todavía resguardan palabras que tienen que ser reconocidas por la vía léxica, como el hecho de los verbos irregulares en el español), todas ellas son consideradas escrituras transparentes. Recientemente se han creado sistemas de escritura para las lenguas que no poseen sistemas originales, mismos que de manera intencional se han diseñado con una correspondencia uno a uno con los sonidos de la lengua, tal es el caso del turco y de los sistemas ortográficos de las lenguas indígenas mesoamericanas como el Maya, el Zapoteco, el Mixe o el Náhuatl. Sin embargo, no todas las lenguas poseen una academia de la lengua que se dedique a “fijar, pulir y dar esplendor” es por esto que los tipos de sistemas ortográficos son aún tan diversos como las lenguas mismas. De aquí se desprende una idea fundamental en cuanto a los procesos de lectura y escritura: puesto que sabemos que no podemos hablar de ellos como procesos acabados y universales, es importante tener en cuenta que las diferencias que existen entre los sistemas ortográficos de las lenguas y los cambios que surjan en estos, generarán cambios y consecuencias en los procesos cognitivos de los lectores.

 

La escritura en la era del internet.

Pero cuando hablamos de leer, no hablamos de escribir. El proceso de la escritura es muy parecido, pero no es igual. En la escritura se parte desde una idea que queremos redactar. Redactar no es fácil pues no contamos con la ayuda de los gestos ni de las entonaciones que nos puede dar el lenguaje oral. Para darle el sentido que queremos a nuestro texto, es preciso buscar la forma con sólo palabras y desarrollar una idea de principio a fin. Es ahí donde la ruta fonológica nos sirve mucho pues nos permite escribir palabras que nunca habíamos escrito, que sólo habíamos escuchado, e incluso crear palabras nuevas de la misma manera que las creamos en la oralidad. Es decir, que en cuanto se nos ocurra una nueva palabra como: guglear o feisbuquear, puedo escribirla tan fonéticamente que el significado se entienda a través del sonido, incluso cuando hablo con préstamos del inglés.
Es aquí donde me parece interesante el hecho de que nuestros sistemas de comunicación, cada vez más instantáneos y sobretodo más cotidianos se basen en la lengua escrita. Independientemente de lo que se escriba, el hecho de escribir de manera cotidiana y para comunicar cualquier situación, hace que la lengua escrita se re signifique. ¿Qué caso tiene escribir dos letras, “q” y “u”, cuando la cantidad de caracteres es crucial, cuando no tengo espacio, cuando me cobran el caracter y cuando me tardo más en escribirlos? Es lógico y más sencillo cambiarlos por uno solo, la “k” que no cambia el significado y que me funciona mejor. En el caso de los franceses, por mencionar un ejemplo, que siempre han tenido tantos problemas para la ortografía, porque como ya decíamos, buena parte tienen que aprenderla de memoria, han decidido que simplemente pueden escribirla como suena (utilizando la conciencia que poseen de cada fonema) y que no les interesa si sigue siendo igualito a como lo escribió Víctor Hugo, les interesa escribir menos, rápido y sobretodo, que el otro les entienda. La mayor ventaja para los lingüistas e historiadores de los próximos siglos, es que esta vez sí tendrán documentación de como la lengua ha ido cambiando, y no tendrán que ir por ahí hipotetizando como lo hacen sobre ese eslabón perdido y misterioso del que nadie escribió nunca: el latín vulgar (Lengua de la que sólo puede suponerse a través de su origen, el latín culto, que era el único permitido para la escritura, y sus lenguas consecuentes, las lenguas romances). A mi parecer, la escritura fonética aparece como una evolución y una consecuencia obvia ante la necesidad comunicativa de los hablantes y los cambios culturales. Tal como todos los cambios en las lenguas orales a lo largo de la historia. Por eso creo que aún nos falta mucho por ver lo que sucederá con los sistemas de escritura contemporáneos y con la forma en la que los lectores deciden utilizar una ruta u otra para la lectura y la escritura.
Pero el fenómeno no acaba ahí. Porque escribir una carta para solicitar un préstamo al banco siempre empezará y terminará igual, pero lograr la atención de todos (o de algunos por lo menos) en feisbuk o en tuiter, requiere de mucha más astucia. Uno tiene que poder comunicar una idea completa, ser claro, certero y sobretodo, taquillero en tan solo 140 grafemas. Esto requiere no sólo de ahorrar uno que otro caracter, sino de ser capaz de sintetizar la información y de encontrar las palabras correctas para generar la reacción deseada. Esto no era fácil cuando uno tenía años para escribir una novela. En el ciberespacio, si uno no puede hacerlo en tiempo real, simplemente no pasará nada. Es aquí donde el fenómeno toma tintes literarios, no sólo psicolingüísticos, y es donde todos comenzamos a percatarnos de nuestra capacidad para comunicar sentimientos e ideas sólo con letras, y entre menos mejor. El reto es grande pero los tuitstars han llegado para demostrar que es todo un arte y nos dan mucho que pensar sobre cómo es que se puede mantener un personaje, un estilo literario y una audiencia a través de frases cortas, sean o no fruto de la proyección personal o de la creación literaria. La tuiteratura que básicamente se trata de crear literatura en cada tuit, es un reto a la creatividad humana y al proceso comunicativo. 140 espacios en blanco son muy pocos, pero es lo que hay y que saber aprovecharlos. Los tuits callejeros son un fenómeno interesante, porque nos hacen percatarnos de hasta dónde está permeando el proceso cognitivo. No se trata de la plataforma o del software que estamos usando, se trata de una nueva forma de comunicación que nos permita lanzar ideas, conexas o inconexas, pero muchas veces bajo un mismo estilo y con una intención bien definida. Viéndolo así, no me parece extraña la intención de hacer un libro con una buena compilación de “mis mejores tuits del año”, porque el libro nos da todo ese tiempo que nos hace falta en el ciberespacio para contemplar el estilo y las ideas, como un continuo y desde otra perspectiva.
Aún nos falta mucho por ver y mucho por descubrir, pero que no nos quede duda que los cambios que surgen en la cultura afectarán de alguna forma nuestros procesos cognitivos e irán dejando huella en nuestro cerebro y este a su vez, nos adaptará cada vez más a lo que nos exija el ambiente, así que nadie se sorprenda si en el próximo siglo las cartas al banco se terminan con un educado y formal: XOXO .

 

Ardila A., There is not any specific brain area for writing:From cave-paintings to computers. INTERNATIONAL JOURNAL OF PSYCHOLOGY, 2004, 39 (1), 61–67.

Artigas-Pallarés J., Dislexia: enfermedad, trastorno o algo distinto. REV NEUROL 2009; 48 (Supl 2): S63-S69.

Galaburda A.M., Cestnick L., Dislexia del desarrollo, REV NEUROL 2003; 36 (Supl 1): S3-S9.

Saussure F., Curso de Lingüística General. Trad y notas Mauro Armiño, 2ª. Ed. Fontamara, 2010.

 

1 Comment

  1. Todo parece indicar que la interacción redactada en internet y en cualquier otro medio de comunicación va encaminada al punto que comentas en tu último párrafo. No cabe duda que las generaciones de las últimas dos décadas, hemos sido parte de ésta evolución de los procesos cognitivos y las nuevas modalidades de comunicación redactada. Felicidades por tu artículo Dra. Nuche, buenas noches.

Leave a reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

*

code